jueves, 31 de diciembre de 2009

Los Hogares de Inmigrantes

Los hogares de inmigrantes uruguayos, comienzan de a poquito, probablemente con un "cabeza de puente", que luego consigue, poco a poco, traerse a su esposa e hijo, como en mi caso, o a toda la familia.

Probablemente uno/a de los últimos en venirse, sea el abuelo/a si decidieran emigrar.

Habitualmente, cuando yo emigré, allá por el año 1974, eran muy pocos los hogares de inmigrantes con una familia de tres generaciones. Todos teníamos un padre, una madre, un abuelo o una abuela que se habían quedado arraigados en el paisito, en la "Tacita de Plata".

Es importantísimo, traspasar la CULTURA que traemos como inmigrantes, y una parte FUNDAMENTAL es el idioma.

Como padres, si no transmitimos el idioma a nuestros hijos, no estamos haciendo un buen trabajo con ellos. Es absolutamente esencial que sean bilingües o más.

Y en este aspecto, los abuelos, que CASI NUNCA aprenden inglés, son VERDADEROS PILARES de nuestra cultura, forzando a que los nietos aprendan el español, dado que de otra forma no podrían comunicarse.

Yo digo que estos hogares de tres generaciones, son hogares de abolengo, de antaño, no tan comunes en hogares de inmigrantes.

Así es que sin más retórica ni anuncio, aquí les traigo para ustedes a nuestra abuela locataria, mi suegra, "Awe", Doña Gladys González de Flores, que con sus 87 pirulos a cuestas, no dudó un segundo en grabarles este video para saludarlos en este año 2010 que se inicia esta noche.

¡Feliz Año 2010 para todos mis lectores!


martes, 29 de diciembre de 2009

Nunca llueve en el sur de California


“Nunca llueve en el Sur de California”. Este es un axioma muy conocido por todos los motociclistas californianos y puedo dar buena fe de ello, pues con mi Honda Gold Wing, viajaba a mi trabajo diariamente en la Rocketdyne Division de Rockwell Internacional, en Canoga Park, siendo mi única fuente de locomoción.
Con su clima casi mediterráneo, California es conocida mundialmente como un territorio donde el sol brilla durante la mayor parte del año, con precipitaciones ocasionales en forma esporádica.
Fue en 1990, cuando yo hacía 16 años que había emigrado de Uruguay, y estaba viviendo en una casa en el Valle de San Fernando, que vinieron a visitarme mis padres, para una estadía prolongada de Julio a Setiembre.
Mis padres contaban en ese momento con 71 años cada uno, y yo había tenido el ejemplo de varios amigos, que nunca habían conseguido comunicarse, en vida, realmente con sus progenitores. Luego, ya tarde, acudían tristemente al cementerio, a contarle al frío mármol despiadado, sus amores y pesares, para tal vez conseguir ahogar en llanto, esa culpa de quien sabe que tendría que haber expresado algo, y no lo hizo.
“No quisiera pasar por ese trance amargo” – pensaba yo, y decidí que no me iba a suceder.
Mis padres jamás quisieron emigrar, ni visitar a nadie por mucho tiempo, dado que ellos tenían sus actividades de juegos de cartas, con sus amigos de toda la vida, con quienes se reunían religiosamente, un fin de semana sí y otro también, “para despuntar el vicio”, como decían ellos, pasando noches enteras, jugando al Purrete, Escobón, Monte, Pulga y otros juegos de esa época.
Me acordaba de las charlas con mi padre “a calzón quitado”.
Esta metáfora la escuché por primera vez de sus labios, para denotar la necesidad de hablar honestamente, sin tapujos, engañifas, ni adornar la conversación, ni siquiera para tratar de que un tema escabroso se hiciera más placentero.
Se trata simplemente de hablar con el corazón, desnudando nuestra alma, la inviolable, en esas raras ocasiones en que osamos tener la valentía de mostrarnos tal cual somos, a nuestro interlocutor.

Fueron muchas las veces que me senté con Papá a “hablar a calzón quitado” durante mis años formativos. Esa era su forma de denotar que la conversación que iba a tener lugar, era algo serio, de interés común, y para no olvidar.
Recuerdo que bajo esa premisa, hablamos de mi futuro, de mis estudios, enfermedad de Mamá, incluyendo sexo y mi emigración a Canadá en 1974.
Cuando me comuniqué con Papá, siempre lo hicimos bien. El problema era que la lejanía y sobre todo el tiempo de ausencia, hacía que esas ocasiones de charla y comunicación, no se produjeran tan a menudo como él y yo lo deseábamos.
Y para producir esa “chispa” de comunicación trascendente, durante las pocas semanas que compartíamos cada dos o tres años, era necesario antes sacarse todo el bagaje de la comunicación incidental. Explicaciones de cómo y donde vivíamos, en que ocupábamos nuestro tiempo libre, donde iban a la escuela los hijos, cuales eran los sitios favoritos de comilonas, cuchipandas, chupe, recreación y pasatiempo.
Si a esto añadimos que cuando estamos de viaje, terminamos siempre rodeados de grupos de familiares o amigos, las posibilidades de charlar naturalmente con Papá a solas, y reforzar nuestra relación Padre-Hijo, eran por demás escasas si no nulas por completo.
Fue entonces que quedé muy triste y enojado, cuando mis padres me comunicaron que en vez de volver en Setiembre a Montevideo, como era lo planeado, habían cambiado sus pasajes de avión para hacerlo al día siguiente, pues Mamá quería ver inmediatamente a su médico, ya que no se sentía bien y no quería enfermarse en California. Esto cercenaba nuevamente mis planes de comunicarme sinceramente con alguno de mis padres durante este viaje, y no estaba dispuesto a que pasaran otro par de años para que se produjeran las condiciones adecuadas para ello. Tanto Papá como yo estábamos en un estado entre nerviosismo y desasosiego, que solamente lo pueden sentir aquellos que saben que tienen algo pendiente… que si no hacen algo inmediatamente se les está escurriendo solapadamente entre los dedos de las manos.
Sabiendo que queríamos aprovechar hasta el último minuto de lo poco que quedaba para su inminente partida, al día siguiente, tal vez para no volverlo a ver nunca más, me invitó a salir.
Pero no podíamos salir… faltaba relativamente poco para cenar. Nuevamente el grupo, donde no podríamos charlar mano a mano.
Como no podíamos salir, lo invité al Jacuzzi, cosa que yo sabía que le gustaba, y no lo tenía en Montevideo. Prendí el motor calentador, y ví las nubes ominosas que se cernían sobre las montañas de Santa Mónica.
- “¿Irá a llover?” – pensé yo – “¡Qué raro!”
- “No tengo traje de baño” – objetó el Veterano – “tu madre ya hizo las valijas”.
- “No importa, Papá” – le contesté – “te tapás con la toalla y después te metés en el Jacuzzi. ¿Quién te va a ver? ¡Es más, yo tampoco me pongo traje de baño!”
Nos metimos en el agua caliente, y comenzamos a charlar de que una vez más se truncaba la estadía y con ella la posibilidad de charlar profundamente con él.
Nos hundimos lo más posible cuando vino mi esposa a darnos el reporte meteorológico que una tormenta se aproximaba rápidamente, y con ella trajo dos copas de champagne, que había descorchado para conmemorar esta… nuestra última cena familiar. Se fue Sylvia rápidamente cuando empezaron a caer las primeras gotas.
Continuó Papá charlando en medio de la lluvia, que a pesar de que se iba al día siguiente, y que quizás no nos volveríamos a ver, esto no menguaba el cariño que sentía por mí, y lo orgulloso que estaba de la forma en que desarrollé mi carrera, en forma independiente, sin acomodos, recomendaciones, amigos ni padrinos de ninguna especie, como se estilaba en Uruguay.
Continué yo, ya con lluvia torrencial, diciéndole lo mucho que lo quería y apreciaba sus consejos y que quisiera que ese momento lo recordáramos siempre, no importando si no pudiéramos encontrarnos durante el resto de nuestras vidas.

Supe entonces fehacientemente, que no importaría más lo que pasara en el futuro de mi relación con Papá. Podría morirse al día siguiente, al mes, o a los diez años y no tendríamos nada más que añadir a lo que ya nos habíamos dicho.
Papá falleció el 21 de Setiembre de 2001, y, cuando puedo, voy todavía a llorarlo al Cementerio, sin Remordimiento.
Lloro su ausencia…
Aun cuando ya le dije todo…
En ese día de Agosto, en que llorando, abrazados, impúdicos y desnudos, nos besábamos, mezclando lágrimas y lluvia, brindando con champagne, mientras, el cielo de California…
Donde nunca llueve…

Explotaba en Rayos y Centellas, como si el propio Zeus, desde su Trono Olímpico, proclamara a los Cuatro Vientos, el haber sido Testigo de nuestro mutuo Amor y de nuestra más sentida Charla, “A Calzón Quitado”.

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Luis Ferreira Ramos | Create Your Badge