Nada sabía yo sobre lo que me esperaba.
Tampoco tenía conciencia de lo que luego habría de aprender y vivir.
Era todo un misterio.
Un día, o una noche, no sé, entre nubes de sueño, o en medio de un sueño empecé a percibir una sensación de tibieza y paz.

Mi cuerpo, mi ser, comenzó a sentir sensaciones de placer, caricias, palabras dulces de quien luego sería mi mamá.
Ella no sabía aún si sería Jorge, Pedro, o Cristina, pero ya me amaba.
Ya soñaba con mis manitos, con mis sonrisas y estaba dispuesta con toda su juventud y esperanzas a darme la felicidad del mundo.
Mi viaje estaba por comenzar.
Unas semanas después comencé a sentir que me hablaba, oí también una voz más grave que me hablaba por el ombligo de mi mamá como si fuera un micrófono, me llamaba “bebito” y me pedía que le pateara la panza a mi mamá.
Yo trataba de hacerle el gusto, porque también esas palabras me acariciaban. Esa voz estaba cargada de un sentimiento que me hacía crecer, que me hacía soñar. Recuerdo que mi papá (él era el dueño de la voz grave) hacía sonar melodías hermosísimas. A veces las tarareaba él, luego me enteré que lo que escuchaba era la Sinfonía Pastoral de Beethoven.
Podía percibir sin entender lo que decían, que soñaban y hacían planes conmigo. Claro que no contaban con mis deseos, que en realidad tampoco los tenía. Solo tenía conciencia de que existía y de que algo pasaría, porque día a día tenía más sensaciones y más deseos de que esas voces me acariciaran.
Una noche, mientras dormía, empecé a sentir que me empujaban. Fuerzas que no conocía me empujaban. El líquido tibio y suave que me abrigaba había desaparecido y me asusté mucho. Fuerzas que no sabía de dónde venían me empujaban, no oía la voz de mi mamá. Solo la oía llorar por momentos y yo también lloraba, solo oía que le dolía y yo tampoco estaba cómodo en la tibieza del vientre. Algo me empujaba, no sabía adónde iba, hasta que de pronto una claridad inmensa me envolvió.
Cerré muy fuerte los ojos, pera esa luz me invadía. Los sonidos llenaban mis oídos y me asusté mucho, hasta que casi de inmediato las caricias se hicieron infinitamente mas intensas, las sensaciones de amor y placer fueron tremendas y me envolvieron los brazos y manos de mi madre que nuevamente lloraba, y lloraba yo también, un poco por el susto y otro poco porque era imposible no llorar ante tanto cariño.
Me pasaban de brazos en brazos, todos reían y yo tenía ya los ojitos abiertos tratando de que la luz no me molestara pero llenaron mi carita de besos y caricias.
Y allí comenzó este viaje que hoy lleva ya 61 años de recorrido rumbo a una estación en la que de me habré de bajar. ¿Cuándo y dónde? No sé.
El viaje continuó, empecé a recibir nueva información, siempre de cariño. Algunos comentarios de mis padres me hacían creer que era un genio. Les decían a mis familiares y a otras personas que luego conocí como tíos, primos más grandes, abuelos y amigos, que Jorgito había hecho con una tiza unos dibujos geniales en las paredes. Que si los mirabas bien y desde cierto ángulo, tenían formas y colores brillantes. Una habilidad extraordinaria para mi año y medio. Y hasta algún abuelo baboso llegó a comparar con los inicios de un Sr. Dalí. ¡Que maravilla! Con solo dos colores y sobre una pared blanca del comedor había hecho una obra de arte. Claro que yo no lo sabía. Claro que yo solo había encontrado una tiza verde y una roja. Si hubiera habido alguna otra, seguro mi obra hubiera sido más perfecta.
Hoy... no sé donde quedó esa habilidad... porque soy incapaz de dibujar una gallina. Pero ahí aprendí que esperaban muchísimo más de mí de lo que soy capaz de dar. Ahí aprendí lo que es soñar al pedo. Yo en ese momento pensaba: si ésto que hice está tan bien, voy a seguir insistiendo. Y lo hice hasta que un rezongo de mi padre me puso en la realidad y destrozó mi vocación de artista plástico cuando me dijo:
- "¡En las paredes no se raaaaayaaaa!"
Entonces ¿no era un genio yo? ¿En qué quedamos?
Mi viaje siguió, siempre entre mimos y atenciones, no lo voy a negar.
Otra experiencia me quedó grabada. Tendría como cuatro años y me hice pipí en la cama. Mi mamá me dijo todo el día:
- "Ya estás grande para eso... niño chancho."
Yo no sabía lo que era un chancho. Sabía lo que eran los siete cerditos que hicieron la casita de madera... pero no sabía que eran “chanchos” y aprendí que era grande, hasta que de arriba de una mesa agarré un cigarrillo encendido que había dejado mi querido tío Hugo y me lo puse en la boca.
Y ahí aprendí lo que es la contradicción y la confusión, porque ahora era chico ¿Y ésto?
Hace un rato era genio. Luego grande cuando me meé y ahora, porque le pego una pitada al puchito del que tanto disfruta mi tío...
- "Sos muy chico. Eso no se hace."
Así... casi que podría decir que eran los pozos del viaje, suponiendo que el viaje es en tren, o en ómnibus, no sé.
Un día me pusieron una ropa muy blanca, que usaría todos los días en la mañana. Recuerdo que cuando ponía la manito derecha, tenía que empujar muuuy fuerte. La manga hacía prrrrrr como si fuera abriendo una bolsa y aprendí lo que era el almidón y los cuidados de mi madre, que luego remataba el disfraz con el jopito en el pelo y una hélice azul de tela en mi garganta. Cuadernito donde SÍ podía hacer mis obras de arte, un lápiz y una goma que luego usaban mis padres para deshacer mis dibujos y obligarme a hacer mis primeras letras.
Ya el viaje no era tan lindo. Ya el viaje sonaba a obligación. Ya el viaje sonaba a deberes, a estar chiquicientas horas sentado en un banco de madera en compañía de otros cuarenta sufrientes que solo queríamos ir a la media hora de recreo a jugar a la bolita, a la pelota y a tirar del pelo a las niñas.
Pero seguía ignorando que cincuenta y pico de estaciones después estaría añorando a las torturadoras gordas que también vestidas de blanco hacían lo posible para que aprendiera que el 2 va después del 1 y la jota sirve para escribir Jénova... ¿o va con g?... ¡gulp!... Sí, va con G. Hoy daría cualquier cosa por ver a cualquiera de esas gordas y decirles que en el viaje aprendí a quererlas y extrañarlas.
Un día me aplaudieron. Un día me pusieron pantalones largos, claro…sería para esconder los pelos largos que tenían mis patas, que ya eran eso, luego de la transformación de mis tiernas piernecitas. Eso: pa-tas.
Me dijeron nuevamente estás grande, vas al liceo y tiraron o regalaron a algún primo imberbe que venía en otro vagón más atrás el pantalón cortito y el disfraz con hélice azul.
Bueno, esa etapa del viaje estuvo muy buena.
Toda la conciencia que traía desde la panza de mi mamá parece que se adormeció, porque día por medio me decían:
- "Sos un inconsciente, el liceo está más allá del parque Rodó, no te podés quedar en el parque."
Dejo hoy sentado aquí en este documento, toda mi protesta. La culpa no era mía. ¿A quién se le ocurrió poner el liceo más allá del parque? ¿Por qué no lo hicieron de este lado? ¿Por qué teníamos que atravesar con mi amigo Hugo Lawlor y Enrique el querido parque Rodó? ¿A nadie se le ocurrió lo torturante que era pasar por allí, y ver a un montón de chicas que quedaban en esa red? ¿Y amigos que jugaban al fútbol en el verde césped?
¿A nadie se le ocurrió que esa tentación era más fuerte que cualquier promesa de regalos a fin de año si salvábamos el curso?
La culpa no era ni mía, ni de Hugo, ni de Enrique. Teníamos que someternos a un esfuerzo que nunca estuvimos dispuestos a hacer. Era una tarea titánica para la cual no estábamos preparados.
Así y todo, deben reconocer, queridos padres, que culminamos la etapa liceal. Con atraso….si, es cierto. Con calenturas de ustedes, también es cierto. Con gastos innecesarios, no calculados, es verdad.
Pero, viejos... somos uruguayos no lo olviden. ¿O ustedes llaman a algún albañil y les termina el trabajo de acuerdo a los planes trazados? ¿O llevan al chapista el coche y les terminan en fecha y el costo es el que les dijeron al principio? No ¿Verdad que no?
Bueno... es la esencia, son los genes de esta tierra, de este paisito divino. Somos u-ru-gua-yos... ¿tá?
Ahí, a esa altura del viaje ya era grande en serio. Mis ojitos tiernos se habían transformado en chispeantes ojos (decían mis tías), en ojos de burro (decían algunos primos) y ojos de vivo (decían mis padres) Pero mis ojos veían otras cosas, trasmitían otras informaciones a mi cerebro que estaba dispuesto a realizar y efectuar todo lo que quería y no lo que se le decía.
Ya mi conciencia había asumido que yo ERA GRANDE y que tenía Todos y absolutamente todos los derechos del mundo.
Tenía los pantalones largos. Había terminado el liceo. Me afeitaba. Me gustaban las chicas. Las clases de piano en mi pueblito me habían servido para aprender a tocar la guitarra y Los Vétales rompían los parlantes y vidrios de mi cuarto y me sentaron arriba de un sueño del que no me he podido bajar aún. Mi verdadera vocación estaba en marcha. Y nada hay más poderoso que ella.
A la miércoles mis estudios. A la miércoles mis trabajos. Yo me veía un futuro John Lennon. Respiraba música, bebía notas y melodías y consumía mis días y mis horas en ensayos con mis nuevos amigos: Carlos, Beto, Alfredo y Fredy.
Hoy doy gracias a Dios o a quien corresponda haberme lanzado a este viaje en esa fecha, porque tuve la fortuna de vivir mi adolescencia en esa década. En mi vida vi una pastilla alucinógena. Nunca probé nada más fuerte que un cigarrillo Caporal, (¡qué espanto!). Nunca necesité alcohol para divertirme y ser feliz. Nuestra gran joda, era sentarnos en el bar Golf, gastarnos los poquitos pesitos que ganábamos, en algún baile y tomarnos siete u ocho cervezas entre quince y comernos los chivitos más ricos del mundo. Luego de esas jornadas otra vez a los ensayos, a estudiar a fondo cada nuevo disco de los Beatles y trasladarlos a nuestros instrumentos.
No teníamos conciencia de absolutamente nada más. O sea que los papis tenían razón... Hoy me doy cuenta y lo reconozco.
Pero esa misma inconsciencia, ese mismo amor por la música, nos evitó problemas que pasaba otra juventud en esa misma época. Gente muy joven que escogió otro rumbo, que tomó para sí tareas heroicas en algunos casos y se bajó en estaciones anticipadas. Gente joven que pasó años encerrada en calabozos por el hecho de ser joven y canalizar su rebeldía hacia lo que ellos consideraban sus ideales. ¿Cómo culparlos? ¿Cómo juzgarlos si ellos creían que podían arreglar el país? ¿Si ellos pensaban y eran fieles a sus sentimientos de justicia?
Muchas vidas valiosas, muchos viajes que merecían mejor destino quedaron truncos en forma por demás apresurada.
Pero éste es mi viaje y es el relato de “mi viaje”. Vivía en la gloria. Era un potrillo joven, o caballo joven lanzado a un sin fin de posibilidades, con sueños compartidos con amigos sanos y de buenos sentimientos. Amigos con los cuales aún nos juntamos de vez en cuando a comer un chivito y tomar una cerveza, o más bien coca Light... porque los caballos briosos se han convertido en caballos cansados ya.
El tema es que a esa altura del viaje y en una estación allá por el departamento de Salto, se subió al tren una gaviota, delgadita, que traía sin saber en su mochila del destino, la tarea de hacerme tomar el desvío hacia otras estaciones. Otros misterios se abrirían en mi horizonte ahora compartido con ella. Hasta la guitarra empezó a quedar atrás. No de buena gana, pero fue quedando de a poquito dormida... porque la gaviotita me trajo deseos de ser responsable. Deseos que fueron llegando muuuuy de a poquito dijera ella. Yo no los llamé... decía yo... pero la responsabilidad fue llegando. Primero en forma de ganas de estar con ella, porque fiel a mi sangre artiguense mis deseos no son a medias, son totales y no me alcanzaban ni me alcanzan las horas del día para estar con ella.
Esos deseos se transformaron en amor y en más deseos. Los sueños de acordes maravillosos se transformaron en melodías de cuna para los hijos que habrían de venir. Los hijos llegaron, las responsabilidades también, los sueños, (que nunca me abandonen) tomaron otras formas y el viaje cambió de vehículo y se tomó un bote con dos remeros: ella y yo.
Ella y yo en un mar lleno de olas, a veces picado, a veces apacible y con un rumbo que no sabemos donde está, pero sí sabemos que juntos. Un día uno de los dos se bajará en un puerto, o una estación imprevista. Y el otro cuidará de los sueños y los recuerdos de tantas cosas y horas vividas juntos.
Hace muy poquitos días, a las tres de la mañana me senté en la cama. Un dolor en el pecho me despertó. Me levanté, di una vuelta por la casa. Tomé algo fresco y me estiré tratando de que el dolor desapareciera. No. No se fue, no desapareció. Un sudor frío y abundante bajaba desde mi cabeza hacia todo el cuerpo. Fui consciente. Sabía lo que me estaba pasando y no lo podía creer.
La ambulancia de SUAT llegó rápido. Yo ya sabía que me iba rumbo al sanatorio.
Los ojos de mi hija no los vi, pero me imagino que cuando la mamá la despertó deben haber quedado más grandes que nunca. Se quedó solita en casa y sin saber que estaba pasando.
Pasaron muchos días. No era mi estación de bajada. Y hoy estoy nuevamente en mi ruta y he aprendido algo más, que quiero trasmitir.
Me doy cuenta hoy de que tenía síntomas a los que no les daba importancia. Me decía: son nervios. Es estrés. Me agachaba a juntar algo y me levantaba agitado. A la hora de las excitaciones mi corazón bombeaba como un motor exigido al mango. Lo sentía hasta en la garganta.
Cuántas veces escribí y dije a mis amigos:
- "Hay que caminar y cuidarse ANTES que nos dé el infarto, no después."
¿Por qué no lo hice yo?
Un día... el dolor en el pecho no me habrá de despertar, más bien me hará dormir del todo. Una fuerza incontenible me lanzará primero a la penumbra y luego hacia una luz brillante. Y a los brazos llenos de amor de mis abuelos, de mis tíos, de mis padres que me estarán esperando con toda la ternura y la ilusión de estar nuevamente juntos.
A ellos que están allá, a ustedes que están acá, gracias por acompañarme en este viaje.
Los quiero.
, por compartir con nosotros parte de tu libro. (Nota del Editor)