viernes, 5 de febrero de 2010

Un problema peliagudo

Mi tío Juan José Sasiaín, en su larga vida, ocupó muchos cargos militares, entre ellos el de Jefe de Cadetes de la Escuela Militar y Director del Liceo Militar.

Allí tuvo oportunidad de conocer a algunas personas que consiguieron ascender en su carrera militar, no precisamente por su educación formal, sino por conocimientos adquiridos en el campo, que luego fueron considerados importantes militarmente.

Este fue el caso de un subalterno que tuvo, nacido en Rivera, que nació y se crió entre las tropillas de sus familiares, por lo cual, a su ingreso al ejército, se destacó en el trato que les daba a los animales, pasando primero a Cabo, y luego a Sargento Instructor de Caballería.

Ese Sargento Instructor, conducía cabalgatas destinadas a enseñar a la tropa a ensillar, montar y marchar a caballo correctamente.

No se permitía a los reclutas tener preferencia en la montura, dado que cualquier soldado debería ser capaz de montar a cualquier equino que hubiera disponible.

Para reforzar este mandato, era frecuente que el Sargento Instructor detuviera la marcha y comandara a su tropa a cambiar de caballo, evitando el acostumbramiento entre humano y animal, hasta que un día, se dio el caso que salieron a cabalgar un número impar de soldados.
El Tío Sasiaín contaba todo esto en forma muy graciosa, imitando el acento riverense y como arrrrrastrando las errrres, para mejor cautivar a la audiencia.

El Sargento Instructor impartió las órdenes que siguen:

- "Trooopa, ¡formarrrr filas de a dos!" - a lo cual los soldados formaron filas de dos en dos.

- "Trooopa, ¡al paso, marrrrchen!" - los reclutas avanzaron.

- "Trooopa, ¡detenerrrrrse y desmontarrrr, a cambiarrrr de cabayo!" - la tropa desmontó y procedió a cambiar de caballo.

El procedimiento era sencillo, cada cual desmontaba y cambiaba de caballo con el soldado que tenía a su costado inmediato.

Pero esto despertó las sospechas del Sargento Instructor, que observándolo todo, marchó montado en su caballo hasta el final de la fila, hasta enfrentarse con el único soldado que había allí, dado que había un número impar de estudiantes, y le preguntó:

- "Usted... ¿Cambió de cabayo?"

- "Sí, mi Sargento" - contestó el soldado.

- "¡Imparrrr no puede cambiarrrr de cabayo!" - retrucó el Sargento Instructor.

- "Sí, mi Sargento" - contestó el soldado - "los tres que estamos al final, cambiamos de caballo entre los tres, yo se lo pasé a éste, éste se lo pasó a aquel y aquel me lo pasó a mí. ¿Ve?"

Como el Sargento lo miraba, incrédulo, ni lerdo ni perezoso, procedió a arrodillarse y explicarle al Sargento como habían efectuado la proeza de cambiar de caballo, entre tres personas, ¡¡utilizando para su demostración, tres piedritas que recogió del suelo!!

- "¡No puede serrrr!" - declaró, contumaz, el Sargento Instructor - "¡IMPARRRR NO PUEDE CAMBIARRRR DE CABAYO, MARCHE PRRRRESO!"

Y lo mandó arrestado al soldado por no cambiar de caballo y mentirle al instructor.

El Sargento probablemente sabía solamente la tabla del dos y que los números impares no son divisibles.
¡El hombre tiene siempre que aplicar sus conocimientos!

2 comentarios:

  1. jaja, es verdad. Cómo te acordaste de ese cuento. Creo que hay otros del mismo Sgto. Veré si me acuerdo.

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  2. DE LA FONTERA TENÍA QUE SER !!! JA J,JA !!

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