HOME DE VERDADE
No se cuántos años tendría.
Parecía viejo, pero tal vez no lo fuera: el trabajo bruto y la caña brasilera hacen milagros con el aspecto de un hombre. Milagros atroces.
Esas eran las especialidades de Ibrahim: el trabajo bruto, como peludo cañero cuando empezaba la zafra, y la caña brasilera al fin de cada quincena.
Al principio, porque después era una sóla y continuada borrachera, empezaba un día de pago y retocaba después noche tras noche.
Era bueno en las dos cosas. Sacaba solito una lucha y la cargaba; se bebía, también solito un litro de aguardiente fronterizo, alcohol casi puro hecho de cualquier cosa, coloreado y etiquetado.

Una noche, más borracho que de costumbre en el miserable bar del bajo cercano a los obrajes, dio en repetir, entre uno y otro vaso, la misma afirmación al cantinero, un peludo viejo convertido en comerciante, de apellido Cantos.
- “Homem aquí neste bar, e so nos dois: eu e o Cantos, ¿nao é, Cantos?”
El cantinero asentía un poco molesto, y seguía atendiendo a los parroquianos que rodeaban el mostrador y el billar.
Ibrahim se sosegaba un rato, medio dormido sobre el vaso. Pero de repente se acordaba de su coraje y repetía, aumentando, su estribillo:
- “Homem, mas homem mesmo, que nao tem apañado de ninguém, aquí, nestes barrios, e so nos dois: eu y u Cantos” - y dirigiéndose al otro: - “¿No é, Cantos?”
El cantinero, viendo que los escasos parroquianos, habían entrado a mirar de reojo a Ibrahim, optaba por no contestarle.

Nervioso seguía sacando vasos de detrás del sucio mostrador de tablas. Ibrahim se aquietaba, medio dormido. Al cabo de un rato Ibrahim revivía sobre el mostrador, y volvía a la carga:
- “Eu garanto. Homem de verdade, que nao se corre, mas homem mesmo, aquí nestes recantos, e so nos dois, eu e o Cantos.” - y miraba al otro: - “¿No é, Cantos?”
Un obrerito joven, con el cansancio reciente y malhumorado del que todavía no acostumbró el cuerpo al trabajo durísimo, se había ido encocorando más y más, en rabioso silencio, frente a la bravuconería alcohólica y machona del otro.
Apretaba en una mano el vaso de caña y en la otra la vaina del facón de despuntar que llevaba consigo por si acaso. Cada vez más irritado, sorbía su bebida sin hablar, mirando de vez en cuando el rincón donde Ibrahim se recostaba. Ajeno al malhumor del otro, Ibrahim volvió a la carga.
- “E assim mesmo, homem que no apaña, homem de verdade que nunca levou zurra de ninguém, aquí neste Uruguay todo, so nois dois, eu e o Cantos.” Y miró al patrón para completar su cantinela, pero no llegó a hacerlo, furioso, desbordado, y posiblemente un poco entonado también, el peludo joven se le vino encima sin decir palabra.
Sacó la vaina del facón, de cuero grueso, y empezó a descargar planchazos sobre Ibrahim, que aunque no era en modo alguno un hombre débil, estaba demasiado bebido para defenderse.
Se acalambró la mano bajando vainazos sobre el otro que terminó rodando bajo el billar, en parte para protegerse y en parte por la imposibilidad de mantenerse en pie.

Los parroquianos seguían atentos sin interrumpir ni tomar partido: de peleas de borrachos en bares más de uno terminó apuñalado, sin comerla ni beberla, por meterse a comedido.
Cuando el mozo se cansó de pegar, tiró el dinero sobre el mostrador, se encasquetó la gorra y se fue. Ibrahim, saliendo a cuatro patas de abajo del billar, miró cuidadosamente a uno y otro lado, como para asegurarse de que su enemigo ya no estaba.
Todavía a gatas, alzó los ojos hasta el cantinero que lo miraba a través del mostrador, y le dijo en tono triste:
- “¡Agora so fica tú, Cantos!”

jaja está buenísimo, hermano.
ResponderBorrar