jueves, 22 de abril de 2010

Mandame la botonadura

Quien les habla es Blanca Castro.

Augusto Carámbula, fue el esposo de tía Lola y quien trajo el primer automóvil a Artigas.

Vestía muy elegantemente.

Yo lo recuerdo con su traje blanco y sombrero como el de Maurice Chevalier en los días de verano.

Eran muy generosos, tía Lola crió como hijos al que conocimos como Negro Carámbula y a Pedro también. Protegieron a más de uno.

Un día pasó a pedir ropa uno de esos protegidos y entre ellas se le regaló un chaleco al que le habían sacado los botones porque eran de brillantitos.

Pasados unos días el susodicho mandó no sé si a un hijo o a quien, a decir que "le mandaran la botonadura".

La frase "faltó la botonadura" o "mandame la botonadura", la usamos en la familia cuando alguien solicita algo exagerado, o cuando alguno encuentra que alguien no hizo algo en forma completa.

Si recuerdan esta anécdota, verán que en múltiples ocasiones, la frase cae justita.

Muchas gracias, Blanca, por esta anécdota.

viernes, 16 de abril de 2010

Las Duplas

Las hemos visto cuando crecíamos. Nada más típico que dos adolescentes mujeres pegadas una a la otra, yendo a todos lados juntas, hasta al cuarto de baño.
¡Ojo! que lo mismo ocurre con los hombres, aunque quizás no vayan juntos precisamente al baño.
En nuestra familia se han visto casos de duplas, que se hicieron famosas. Veamos:
Efraín y el Flaco Daglio
Estos dos eran compañeros de festicholas y salidas nocturnas.
Mi papá me contaba de las salidas de estos dos, los sábados, alrededor de 1937.
Asistían a bailes, buscando aventuras amorosas: 2 Picaflores en busca de romances de una noche.

En gringo, eso sería – “Wham, bam, thank you M’am” – para los políglotas.
Todo lo que hablaban y decían estaba designado para el único propósito de conseguir pasar un buen rato con una muchacha de su agrado, así es que incurrían en las mentiras más grandes.
Mentían hasta por el placer de mentir.
Así es que, en uno de estos bailes, luego de Efraín bailar con una muchacha, ésta lo lleva a su mesa, donde estaba una amiga de ella sentada.
Ni corto ni perezoso, Efraín le hizo una seña al Flaco Daglio, para que viniera también a la mesa.
Efraín entonces, muy serio, comenzó a hacer las presentaciones pertinentes:
- “Mirá, te voy a presentar a un amigo…” – comenzó Efraín, cuando interrumpió el Flaco, que vaya a saber porqué, no quería dar su nombre verdadero.
- “José Gervasio Artigas Washington” – se presentó el Flaco Daglio.
Y oyeron que, sotto voce, una muchacha le comenta a la otra:
- “¡Este pelo meno e Ingeniero…!”
Ahí quedó la cosa, pues parece que ambos largaron la carcajada.

Conrado y el Chingolo Bofil
De acuerdo a papá, Conrado era Comisario en Artigas, lo cual no lo privaba de tener sus noches de beberaje con sus amigos, entre los cuales se contaba el notorio Chingolo Bofil, hombre robusto, alto y grande como “huevo de yegua”, dirían los paisanos.

Luego de una reunión de éstas, en la cual se tomaron hasta el agua de los floreros, en vez de irse a dormir la mona, se fueron a un rancho, con piso de tierra, en las afueras de Artigas.
Se notaba que el horcón del medio, sostén del rancho, no les había quedado del todo vertical, pues de arriba salía un grueso alambre que terminaba en una gruesa estaca, para afianzar todavía más la construcción.
Se estaba realizando un baile de campaña típico, con reglamento en la puerta y todo, a saber:
REGLAMENTO
1. E proibido sentar mais de duas velhas juntas.
2. Quem fale da vida alheia não come rosca de ovos.
3. E proibido cuspir no chão sim espalhar com o pie.
4. E proibido disparar com o calibre maior do 44 pra não assustar as mulheres.
5. Quem apague o lampião a tiros vai tomar pau hasta ficar abacalhado.

Luego de leer el reglamento, quisieron entrar, pero en las condiciones que estaban, ambos completamente borrachos, no los dejaron.

Así quedaron, a la vera del camino, buscando formas de vengarse, cuando dieron con una máquina de alambrar, con las cuales se consigue tensar los alambrados.
Los dos mamados, acoplaron la máquina, al alambre que iba del horcón del rancho a la estaca, y empezaron a dar vueltas a la manivela, con el resultado de que el rancho empezó a inclinarse peligrosamente, crujiendo su estructura y haciendo que saliera todo un gentío del baile, a averiguar lo que pasaba.
Allí luego de manotazos y puntapiés, terminaron los dos presos en una Comisaría de las afueras de Artigas, donde el Comisario encargado, era enemigo político de Conrado.
La Comisaría tenía un teléfono antiguo, de pared, de esos que había que darle vuelta a la manija para conseguir la conexión inicial, y el Comisario estaba más que encantado de llamar a la Comisaría de Artigas a comunicar que el Comisario Conrado había sido encontrado borracho, acusado de desorden público, pretendiendo tirar un rancho abajo.
El Chingolo Bofil que estaba más lúcido que Conrado, intentó impedir la comunicación.
- “¡Llame por teléfono a Jefatura!” – ordenaba el comisario a un guardia civil.
- “¡No llame!” – interrumpía el Chingolo Bofil.
- “¡Llame!” – repetía el Comisario.
El Chingolo apoyó entonces su bota en la pared, tomando el teléfono con las dos manos, lo arrancó de su sitio y lo tiró al piso, destrozándolo.
- “¡Llamá ahora!” – le dijo entonces al guardia civil.
No se pudo comunicar en su momento, y al otro día, al estar lúcido Conrado, consiguieron que todo este berrodo no tuviera grandes consecuencias.
Conrado y Enrique Brazeiro
Cuando fue preso Conrado, se encontraron con que estaba también preso su pariente, Enrique Brazeiro, motivo por el cual los colocaron en la misma celda.
Tanto Enrique como Conrado, eran personas cultas, con profundas convicciones en sus conocimientos, así es que mantenían discusiones filosóficas, religiosas, históricas y de lo que fuera.
Ambos tenían locos a los guardia civiles, pues les pedían que les trajeran libros de la Biblioteca para avalar sus distintos argumentos.
- “Vaya a ver al Sr. Fulano de tal, diga que le preste este libro…” – solicitaba uno y otro, y allá iban los milicos a buscarles lo solicitado.
Esto sucedió durante varios días, hasta que finalmente Enrique pidió que lo cambiaran de celda.
A cualquiera que le preguntaran, pensarían que finalmente las discusiones bizantinas que tenían, habían sido la causa de la solicitud.
¡Pues no!

Las celdas no tenían baño. Para ir al cuarto de baño había que pedirle a un guardia civil, quien abría la celda, y había que caminar casi 50 metros para ir al retrete, lo cual era un inconveniente, sobre todo durante las noches.
Pero Enrique tenía una escupidera agujereada, donde podían hacer sus necesidades durante las noches invernales.
¡Se pelearon porque Conrado rehusaba vaciar la escupidera al otro día!

lunes, 12 de abril de 2010

Los Jalapeños

El picante es un condimento casi ignorado en Uruguay.
Que yo recuerde, tanto mis padres como mis tíos, cuando decían – “¡Ay eso está muy picante!” – era una indicación clara de que ¡NO LES HABÍA GUSTADO!
Cualquier cosa con picante… era una cosa motivante de gestos de asco y vómito.
Es de destacar, que los chiles, contrario al folklore uruguayo, no tienen contraindicación médica.
No producen daños al estómago ni intestinos y cualquier diabético puede ingerir chiles sin problema alguno, tampoco incrementan la presión arterial, ni se les van a endurecer las venas.
Solamente hay que moderar la ingesta de picantes, si sufrieran de úlceras al estómago, pues actuaría como irritante.
Tales eran las instrucciones que tuve desde chiquito, que tuve que emigrar a dos países, antes de atreverme a probar el picante en las comidas.
Finalmente los científicos descubrieron un producto químico que reacciona al picante de los chiles. Esto creó las Unidades Scoville, las cuales miden precisamente la dosis de “picor” de un chile.

Cuanto más picante sea el Chile, más altas las Unidades Scoville.
El verbo “enchilar” expresa el estado de aquella persona que se ha pasado en la dosis de picante, así es que tiene la boca y la lengua ardiendo.
Cuando una persona se enchila, lo mejor que puede hacer es echarse SAL directamente en la lengua, para amenguar los efectos del picante. Esto es mucho más efectivo que el deseo que se siente de ingerir líquidos o lavarse la boca. También el yogurt ayuda a mitigar la sensación ardiente.
Recién cuando viví en Los Angeles, California, U.S.A., en los comienzos de 1990, me animé a probar el tan mentado picante, pero ahí, tampoco lo adopté.
Hubieron de pasar varios años más, hasta que finalmente en Atlanta, Georgia, U.S.A. en las postrimerías del siglo pasado, lo comencé a probar un poquito más.
En Atlanta, en una cena con amigos, trajeron a la mesa un rico pedazo de churrasco, adornado encima con un Chile Poblano. Ni corto ni perezoso, quise pegarle un mordisco al chile, para testear mi resistencia en las papilas gustativas…
¡Amigo! El chile asado, evapora parte del agua que tiene, quedando todavía más concentrada su capacidad de “picante”.

Me enchilé de tal forma que aún con dosis masivas de sal en la lengua y buches de agua en el baño, demoré unos 20 minutos en volver a la mesa.
Finalmente, cuando mi cuñado Fredy se vino a vivir con nosotros en Coconut Creek, Florida, U.S.A., fue cuando lo adopté definitivamente, incorporándolo a mi dieta, alrededor del 2004.
A Fredy le gustaban unos chiles finitos y alargados, chiquititos, cuyo nombre no me parece que figure en la gráfica que estoy publicando.
Probamos el Poblano que nos pareció muy picante.
También probamos el Scotch Bonnet, también llamado Jamaiqueño, que parece una naranjita del tamaño de una frutilla y es absolutamente insoportable de picante.
El Chile de Arbol, es un chile que se vende secado al sol, que se pone habitualmente en salsas, muy utilizado por la comida china. Es habitual que se parta el chile, y se le ponga a la comida solamente sus semillas, que es en realidad donde está todo el picante.
Finalmente luego de probar otros chiles, algunos más picantes que otros, inclusive distintas combinaciones de chiles, adopté el jalapeño, que es de fácil adquisición en los supermercados locales.

Comencé preparando un frasco de conserva de jalapeños, cortándolos a la mitad y DESCARTANDO todas las semillas, que terminaban en la basura.
Luego terminaba de picar los jalapeños en muy pequeños trozos, añadía ajo cortado en rodajas y aceite y lo ponía en la heladera.
Por lo general, había que esperar entre una y dos semanas para que los jalapeños se ablandaran en el aceite y adquirieran una consistencia más típica de conserva, que era lo que yo deseaba.
En nuevas preparaciones, descubrí que una ligera cocción de los jalapeños en aceite, solamente de 5 a 10 minutos, ablandaban los jalapeños al punto de que no era necesaria la espera de una a dos semanas.
Luego de varios meses de esta preparación mía de Conserva de Jalapeños, comencé a dividirlos a la mitad.
La mitad de los jalapeños era preparada SIN SEMILLAS.
La otra mitad era preparada CON SEMILLAS.
Así obtenía un tipo de Conserva de Jalapeños de gusto más suave, y tenía el otro frasco, el mío, con una Conserva de Jalapeños con semillas, de gusto más potente.
Hoy, en casa, solamente preparo el Jalapeño con semillas, pues la graduación de picante, está dada por la dosis que uno se sirva.
Un frasco de dos docenas de jalapeños cortados con ajo y aceite, dura en nuestra heladera, entre tres y cuatro semanas. La Conserva de Jalapeños, es un aditivo infaltable para casi todos los guisos, sopas, comidas de olla, busecas, a las cuales queremos darles un toque más picantón.
Una cucharada pequeña en una olla para 4 personas, pasa casi desapercibida, y puede perfectamente sustituir a la pimienta.
Una cucharada pequeña en un plato de sopa, para aquellos que gustan un poco del picante.
Yo uso una cucharada sopera en un plato de sopa lleno.

jueves, 8 de abril de 2010

La Cocina de Mitiva

Quien les escribe es Mirta Sasiaín.

Mi madre Mitiva siempre se caracterizó por ser una cocinera muy impulsiva y empírica. Me imagino que habrá sido porque cuando ella era niña en su casa siempre hubo cocineras (me acuerdo de Aurelia, en casa de tia Lola, donde las niñas fueron criadas al quedar huérfanas) y mamá no se interesaría mucho por esos menesteres. Era eso sí de buen apetito y no tenía pereza para cocinar para 20 si llegaba el caso.
Una vez, cuando ya vivía en el apto. de la calle Juan Paullier, después de haber vendido la famosa casa de la calle Charrúa, tuvo que comprar una nueva plancha para hacer churrascos. Fue al supermercado de Cofa's que le quedaba cerquita y donde eran clientes. Compró allí su nueva plancha y la puso enseguida en uso.

El horno que tenía era a gas de cañería y con unas hornallas con agujeros muy grandes, nosotros le decíamos que parecían mecheros Bunsen. La cuestión es que mamá hizo una buena tanda de churrascos ese mediodía y luego la volvió a usar de noche. Cuando fue a lavar la plancha ésta estaba agujereada. ¡El fuego era tan fuerte que había derretido la plancha de hierro!
Pero ella ni corta, ni perezosa, fue al otro día a Cofa´s y devolvió la plancha y se hizo entregar una nueva de otro tipo. Como consumidora, se defendía muy bien sin duda.


Muchas gracias Mirta, por esta contribución.

domingo, 4 de abril de 2010

El Reventón

Una pinchadura violenta de una rueda delantera en un auto que se desplaza a gran velocidad, ha sido y será causa de accidentes fatales o muy graves, y nunca falta quien, gracias a un reventón, “se puso el auto de sombrero”.

Papá cuando me enseñó a manejar, desde que yo tenía 12 años, hizo hincapié en que cuando una rueda delantera revienta, se desinfla instantáneamente, cambiando por consiguiente, el diámetro de esa rueda, haciéndola más chica.

Las dos ruedas delanteras, con distinta circunferencia, deriva en que el volante del auto, se doble en la dirección de la rueda pinchada, y si el conductor no está atento a corregir ese desvío, es probable que el rodado vuelque o gire como un trompo.

Otro agravante de la situación de una rueda delantera que pincha súbitamente, es que la mayoría de los conductores está entrenada para FRENAR ante cualquier señal de peligro, y justamente esto es lo peor que un conductor puede hacer ante un reventón.

Resulta lógico que, si a gran velocidad, con el volante doblado hacia un costado, y por añadidura frenamos bruscamente, estaremos multiplicando las chances de que el auto vuelque sin remedio.

La mejor posibilidad de sobrevivir un reventón, es:
Sujetar el volante firmemente para mantener el rumbo que llevaba el auto.
No apretar ni freno ni acelerador, dejando que el auto gradualmente se frene por sus propios medios, o porque el motor gradualmente lo frene.

La Tía Mitiva, con mis primos Juancho, Roberto y Mirta, tuvieron ocasión de experimentar eso, cuando volcara el coche en que viajaban, hace unos cuantos años.

El Tío Sasiaín era militar, y tenía derecho a un auto conducido por un soldado, quien, casualmente, fue el único en perder la vida en el accidente, luego que intentara frenar, luego de un reventón.

Mirta quedó con el cuello enyesado. A Roberto tuvieron que hacerle un injerto de piel en la espalda. La Tía Mitiva si mal no recuerdo se quebró la muñeca. Federico era un bebé, que viajaba en la falda de la Tía Mitiva y no le pasó absolutamente nada. Lo mismo mi primo Juancho que salió también ileso.

El reventón es una cosa que tenemos que tener permanentemente presente, dado que nunca sabemos cuando nos va a ocurrir. Pero es imperativo tener presente cual va a ser nuestra acción cuando suceda, pues nos va la vida en ello.
Nunca se me había presentado la oportunidad de demostrar que las enseñanzas del veterano habían echado raíces, hasta 1987, en que mis padres vinieron a California de visita y los llevamos a Santa Bárbara.

La carretera estaba estupenda en el viaje de vuelta, donde veníamos en la línea de extrema izquierda, a 75 millas por hora (124 km. por hora), cuando vino el inesperado y violento “PIFFFFF”, de una rueda que se desinfla súbitamente, seguido un violento corcovo del volante hacia la izquierda.

Enderecé y sujeté el volante con vigor, obligando al auto a continuar el mismo rumbo que llevaba antes del pinchazo, mientras escuchaba el “¡Plas, plas, plas, plas!” de la cubierta delantera izquierda haciéndose trizas en el cemento, mientras sacaba el pie del acelerador.


Soné la bocina inmediatamente, avisándole a los autos alrededor mío de esta situación de emergencia, mientras el auto iba frenándose gradualmente.

Conseguí llevar el auto hacia la derecha, cruzando tres sendas, hasta que conseguí detenernos sobre la banquina, 300 metros más adelante.

Salimos del auto y vimos el reguero de caucho que habíamos dejado hasta allí, pero aparte del susto mayúsculo, nada más nos pasó.

Cambiamos la rueda en menos de 10 minutos, y proseguimos viaje, sin más incidentes, salvo el comentario del viejo:
- “¡Te acordaste de no frenar, soltar el acelerador y agarrar fuerte el volante! ¿Eh?”
- “¡Sí Papá! ¡Gracias!” – contesté.

Tuve que comprar una cubierta nueva, pero otro habría sido el desenlace, si no le hubiera prestado atención, con mis 12 años…

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