
Papá cuando me enseñó a manejar, desde que yo tenía 12 años, hizo hincapié en que cuando una rueda delantera revienta, se desinfla instantáneamente, cambiando por consiguiente, el diámetro de esa rueda, haciéndola más chica.
Las dos ruedas delanteras, con distinta circunferencia, deriva en que el volante del auto, se doble en la dirección de la rueda pinchada, y si el conductor no está atento a corregir ese desvío, es probable que el rodado vuelque o gire como un trompo.
Otro agravante de la situación de una rueda delantera que pincha súbitamente, es que la mayoría de los conductores está entrenada para FRENAR ante cualquier señal de peligro, y justamente esto es lo peor que un conductor puede hacer ante un reventón.
Resulta lógico que, si a gran velocidad, con el volante doblado hacia un costado, y por añadidura frenamos bruscamente, estaremos multiplicando las chances de que el auto vuelque sin remedio.
La mejor posibilidad de sobrevivir un reventón, es:
• Sujetar el volante firmemente para mantener el rumbo que llevaba el auto.
• No apretar ni freno ni acelerador, dejando que el auto gradualmente se frene por sus propios medios, o porque el motor gradualmente lo frene.

La Tía Mitiva, con mis primos Juancho, Roberto y Mirta, tuvieron ocasión de experimentar eso, cuando volcara el coche en que viajaban, hace unos cuantos años.
El Tío Sasiaín era militar, y tenía derecho a un auto conducido por un soldado, quien, casualmente, fue el único en perder la vida en el accidente, luego que intentara frenar, luego de un reventón.
Mirta quedó con el cuello enyesado. A Roberto tuvieron que hacerle un injerto de piel en la espalda. La Tía Mitiva si mal no recuerdo se quebró la muñeca. Federico era un bebé, que viajaba en la falda de la Tía Mitiva y no le pasó absolutamente nada. Lo mismo mi primo Juancho que salió también ileso.
El reventón es una cosa que tenemos que tener permanentemente presente, dado que nunca sabemos cuando nos va a ocurrir. Pero es imperativo tener presente cual va a ser nuestra acción cuando suceda, pues nos va la vida en ello.
Nunca se me había presentado la oportunidad de demostrar que las enseñanzas del veterano habían echado raíces, hasta 1987, en que mis padres vinieron a California de visita y los llevamos a Santa Bárbara.
La carretera estaba estupenda en el viaje de vuelta, donde veníamos en la línea de extrema izquierda, a 75 millas por hora (124 km. por hora), cuando vino el inesperado y violento “PIFFFFF”, de una rueda que se desinfla súbitamente, seguido un violento corcovo del volante hacia la izquierda.
Enderecé y sujeté el volante con vigor, obligando al auto a continuar el mismo rumbo que llevaba antes del pinchazo, mientras escuchaba el “¡Plas, plas, plas, plas!” de la cubierta delantera izquierda haciéndose trizas en el cemento, mientras sacaba el pie del acelerador.

Soné la bocina inmediatamente, avisándole a los autos alrededor mío de esta situación de emergencia, mientras el auto iba frenándose gradualmente.
Conseguí llevar el auto hacia la derecha, cruzando tres sendas, hasta que conseguí detenernos sobre la banquina, 300 metros más adelante.
Salimos del auto y vimos el reguero de caucho que habíamos dejado hasta allí, pero aparte del susto mayúsculo, nada más nos pasó.
Cambiamos la rueda en menos de 10 minutos, y proseguimos viaje, sin más incidentes, salvo el comentario del viejo:
- “¡Te acordaste de no frenar, soltar el acelerador y agarrar fuerte el volante! ¿Eh?”
- “¡Sí Papá! ¡Gracias!” – contesté.
Tuve que comprar una cubierta nueva, pero otro habría sido el desenlace, si no le hubiera prestado atención, con mis 12 años…

No hay comentarios.:
Publicar un comentario