Podríamos ser pobres, pero en nuestras reuniones, la comida era algo que siempre sobraba.
Y las barrigas de alguno que otro de nuestros familiares, así lo prueba, incluyendo quien escribe estas líneas.
La tía Lola toda su vida fue muy rellenita y tenía buen apetito.
Mi primo Juancho me contó esta anécdota, que titularé:
La multiplicación de los panes (versión Ferreira Ramos)
En la casa de la calle Charrúa, donde vivían el tío Juan José Sasiaín y Mitiva Ferreira Ramos, con sus tres hijos, Mirta, Roberto y Juancho, muchas veces tuvieron pensionistas, casi siempre jovencitas que venían de Melo a estudiar a Montevideo. Muchas de ellas comían como pajaritos.

Ese día, la Tía Mitiva había hecho milanesas para el almuerzo, y salió a la calle a tomarse un respiro, alrededor del mediodía.
No llegó a salir a la vereda, cuando ve que por la esquina, caminando en dirección a su casa, venía la Tía Lola.
Más que obvio era, que venía a la casa de visita, y siendo el mediodía, nada más lógico que la invitara a almorzar con ella.
Ni lerda ni perezosa, la Tía Mitiva se fue a la cocina y fileteó las milanesas, efectivamente duplicando su número.
Y al terminar el almuerzo, me comentaba Juancho, asombrado:
- "Y vos sabés, Luis, que la vieja le ofrecía a todas las pensionistas: - ‘¿Querés más?... ¿y tía Lola?… ¿se sirve un poquito más?’ – cuando yo había ido a la cocina, y sabía perfectamente que no quedaba ¡ni una!, pero la vieja se jugaba la parada de que nadie iba a repetir."
El viaje de Tía Lola
Yo una vez hice el viaje de Montevideo a Artigas en tren.

Demoró nada más que 24 horas.
Me acuerdo que eso, para un niño, era un suplicio.
Horas y horas con un paisaje similar, sin ningún chiche, “taca taca taca… chu, chu… taca taca taca”.
Pero… era el pasaje más barato que había, y era muy cómodo poder levantarse y deambular por los pasillos.
Si bien había vagón comedor, no siempre estaba abierto, y conocedores del buen apetito de la Tía Lola, le compraron un pollo entero, para que hiciera diente por el camino.
Conociéndola a la Tía Lola, como la conocía Papá, él me contó que probablemente,
ella comenzó a comer el pollo, ni bien el tren salió de la Estación Artigas en Montevideo, y que seguramente terminó con los últimos restos del ave, cuando el tren no había llegado ni a Pando.Una vez finalizada la comida, la Tía Lola metió todos los huesos del pollo dentro de la bolsa en que se lo mandaran, puso también dentro de la bolsa su dentadura postiza y tiró todo por la ventanilla del vagón.

Nuestros familiares artiguenses nos cuentan que recibieron a la Tía Lola muy consternada por haber tirado los dientes postizos, y trataron de encontrarle algún reemplazo para que usara durante su estadía en Artigas, dado que ella tenía su dentista en Montevideo, que tenía ya el molde hecho para fabricar una segunda dentadura.
Averiguamos, luego, que un perro olfateó los restos óseos al borde de la vía ferroviaria y así quedó…






























