Salto 1937
Mi papá, Eufronio Luis Ferreira Ramos, se fue a estudiar a Salto, allá por 1937, donde conoció a mamá, Elsa Nerea Krämer, entonces me contó alguna anécdota de por esos pagos.
No estaba difundido el teléfono, de la misma manera que ahora, y los caminos de la Patria eran la mayoría de tierra.

La comunicación en el año 1937 era más bien escasa, así es que los salteños quedaron muy contentos con una transmisión radial, conducida por un Sr. Barruda, que comunicaba a la campaña, las novedades de los salteños de la ciudad, o de aquellos que estaban viajando por Montevideo.
Las transmisiones tenían carácter informativo, con noticias tales como:
- “A la familia Rodríguez, de Termas del Arapey, le comunicamos que su tío Federico fue operado en un Hospital de Montevideo en el día de ayer y se está recuperando.”
- “A Pancracio Castro de Paso del Daymán, sus sobrinos Gorosito y Anacleta lo saludan y le desean que pase un muy feliz cumpleaños.”
- “A Dalmira Acuña, que su mamá tuvo un pequeño accidente y no va a poder ir a pasar el fin de semana con ella, como habían quedado.”

A la radio tan escuchada, le fueron retirados los permisos, cuando un atardecer, se juntaron unas cuantas nubes negras que cubrieron el cielo salteño, y el Sr. Barruda se expresó de esta manera:
- “Estimados radioescuchas, ¡voy a cortar la transmisión porque se viene una tormenta de la gran puta!”
En el Uruguay actual, tamaña cosa hubiera sido más tolerada, que en ese ambiente puritano que se vivía en 1937.
Atlántida, verano de 1959
Papá tenía un Ford Eiffel de 1939, era un auto pequeño de 4 cilindros, con solamente 3 cambios y cuya velocidad máxima eran 50 km. por hora en camino llano.

En bajada 70 km. por hora.
Y en subida 30 km. por hora.
Allí nos metimos, Mamá, Papá, mi prima Margarita Azambuja, que era bastante gordita y yo. En Atlántida, recogimos al tío Hugo Invernizzi, que trabajaba como cajero en el Casino de Atlántida, y salimos a pasear por el balneario.
Paramos a poner nafta en la estación de gasolina que estaba a la entrada de Atlántida, y papá le pidió al hombre que estaba atendiendo, que por favor que le revisara la presión del aire en las ruedas.
- “Más que nada, quiero que revise ésta de atrás” – dijo papá.
El hombre revisó la rueda, midió, vio que Margarita estaba sentada de ese lado y dijo:

- “La presión de la rueda está bien, lo que pasa es que tiene esa gorda sentada acá, que achata las cubiertas.” – dijo el hombre.
Papá quedó mudo ante la grosería y descortesía de este individuo a quien acababa de conocer.
El hombre siguió dando la vuelta al auto, revisando las ruedas, hasta que se enfrentó con el tío Hugo Invernizzi.
- “Hugo, pero como andás tanto tiempo.”
Se baja el tío Hugo del auto, se pone a charlar con este hombre, recordando épocas pasadas, hasta que le dice:
- “¿Te acordás aquella vez en Salto, cuando nos robamos a aquel muerto del velorio?”
- “No, no me acuerdo” – contestó mi tío Hugo, queriendo terminar la conversación.
Nos fuimos de allí sin saber más nada, pero papá luego, charlando con el tío Hugo, se enteró de la anécdota.
Parece que este hombre y mi tío Hugo, eran compinches de tragos en sus años mozos en Salto. No teniendo dinero, en ningún velorio falta una caña o dos, para pasar la noche.

Estos dos sabandijas, salían por Salto, e iban de velorio en velorio, tomando caña de arriba. Hasta que se encontraron con un velorio, en donde no había nadie, estando solamente el cajón con el muerto dentro.
Los dos borrachos, se robaron el muerto, se fueron a un garaje, pusieron al muerto dentro de un barril, tomaban caña y le daban también al muerto.
Al otro día fueron presos, y de acuerdo al tío Hugo, fue un lío muy difícil de tapar con la familia del muerto.
- “¿Sabés quién es este hombre? – le preguntó a papá mi tío Hugo.
- “No” – dijo papá.
- “Este tipo, ¡es hijo de aquel Barruda de Salto, que le sacaron el permiso cuando dijo que iba a cortar la transmisión porque se venía una tormenta de la gran puta!”
Pando 1964

Luego nos enteramos, de que Barruda hijo, le había comprado un jeep a su hija, para que fuera a estudiar al liceo de Pando.
La muchacha viajaba todos los días, sin problemas.
Un buen día, otro automóvil la persiguió, probablemente porque la vieron buena moza.
Ella paró el jeep, se bajó del auto, y con un revólver le voló los dos faroles delanteros, a su pretendiente.
Luego de esto, se montó en su jeep y siguió viaje.
¡Que familia! ¿Vio?
En conclusión
Y para que reflexionemos.
¿Qué les hemos copiado a nuestros padres?
¿Qué estamos transmitiendo a nuestros hijos?
¿Serán nuestros hijos peores o mejores que nosotros y nuestros padres?
Allí nos metimos, Mamá, Papá, mi prima Margarita Azambuja, que era bastante gordita y yo. En Atlántida, recogimos al tío Hugo Invernizzi, que trabajaba como cajero en el Casino de Atlántida, y salimos a pasear por el balneario.
Paramos a poner nafta en la estación de gasolina que estaba a la entrada de Atlántida, y papá le pidió al hombre que estaba atendiendo, que por favor que le revisara la presión del aire en las ruedas.
- “Más que nada, quiero que revise ésta de atrás” – dijo papá.
El hombre revisó la rueda, midió, vio que Margarita estaba sentada de ese lado y dijo:

- “La presión de la rueda está bien, lo que pasa es que tiene esa gorda sentada acá, que achata las cubiertas.” – dijo el hombre.
Papá quedó mudo ante la grosería y descortesía de este individuo a quien acababa de conocer.
El hombre siguió dando la vuelta al auto, revisando las ruedas, hasta que se enfrentó con el tío Hugo Invernizzi.
- “Hugo, pero como andás tanto tiempo.”
Se baja el tío Hugo del auto, se pone a charlar con este hombre, recordando épocas pasadas, hasta que le dice:
- “¿Te acordás aquella vez en Salto, cuando nos robamos a aquel muerto del velorio?”
- “No, no me acuerdo” – contestó mi tío Hugo, queriendo terminar la conversación.
Nos fuimos de allí sin saber más nada, pero papá luego, charlando con el tío Hugo, se enteró de la anécdota.
Parece que este hombre y mi tío Hugo, eran compinches de tragos en sus años mozos en Salto. No teniendo dinero, en ningún velorio falta una caña o dos, para pasar la noche.

Estos dos sabandijas, salían por Salto, e iban de velorio en velorio, tomando caña de arriba. Hasta que se encontraron con un velorio, en donde no había nadie, estando solamente el cajón con el muerto dentro.
Los dos borrachos, se robaron el muerto, se fueron a un garaje, pusieron al muerto dentro de un barril, tomaban caña y le daban también al muerto.
Al otro día fueron presos, y de acuerdo al tío Hugo, fue un lío muy difícil de tapar con la familia del muerto.
- “¿Sabés quién es este hombre? – le preguntó a papá mi tío Hugo.
- “No” – dijo papá.
- “Este tipo, ¡es hijo de aquel Barruda de Salto, que le sacaron el permiso cuando dijo que iba a cortar la transmisión porque se venía una tormenta de la gran puta!”
Pando 1964

Luego nos enteramos, de que Barruda hijo, le había comprado un jeep a su hija, para que fuera a estudiar al liceo de Pando.
La muchacha viajaba todos los días, sin problemas.
Un buen día, otro automóvil la persiguió, probablemente porque la vieron buena moza.
Ella paró el jeep, se bajó del auto, y con un revólver le voló los dos faroles delanteros, a su pretendiente.
Luego de esto, se montó en su jeep y siguió viaje.
¡Que familia! ¿Vio?
En conclusión
Y para que reflexionemos.
¿Qué les hemos copiado a nuestros padres?
¿Qué estamos transmitiendo a nuestros hijos?
¿Serán nuestros hijos peores o mejores que nosotros y nuestros padres?

Luisito, querido, recién empiezo a leer tus anedoctas y ya estoy deliciada con las histórias de la família y te digo, con el gusto que escribis tan bien... te felicito... sigo por aca leyendo a ti y a nustra parentela querida, besos
ResponderBorrarHola Luis, aca estamos leyendo con Fede, Regina y Agustina. Todos muertos de risa de las anécdotas. La tia Ema se creyó que la gorda rubia era de verdad Margarita Azambuja, jaja! También comentó que Hugo Invernizzi era un churro bárbaro.
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